02 junio 2012

EL ARCO IRIS








Los niños que vivíamos en la carretera Bailén nos reuníamos a jugar en la zona entonces privilegiada de Calderón Ponce, a donde venía a veranear gente acomodada de Sevilla. Calderón Ponce era un florido pensil. Ahora es un caos urbanístico 
desarmonioso sin cohesión planificadora de construcción.
El cerro en primavera se poblaba de lujuriosas amapolas y recias margaritas, y estaba rodeado de chalés cuyos porches se techaban de graciosas rositas de pitiminí. Los jardines interiores se sombreaban con copudos árboles colgantes de lilas. Robábamos las abundantes flores que se escapaban por los enrejados, para hacer un altar.
Aquellos que llamábamos niños ricos  se unían a nosotros formando una alegre bandada  sin divisiones sociales. Pasados los años más de alguna de aquellas niñas se casó con alguno de aquellos muchachos  que ya habían terminado sus carreras universitarias. 
Allí lanzábamos al aire cometas o panderos multicolores que elevándose en el cielo a veces se nos escapaban como Ícaros derrotados por el sol. Muchos los construíamos nosotros mismos sobre  un armazón de rajas de cañas  y papel de seda de colores  pegados con una  masa de harina y agua. 
Más abajo estaba la Calera, una depresión de tierra amarilla cortada  en cresta hacia las vías del tren. De parte a parte cruzaban las vagonetas cargadas de albero, que por arte de magia para nosotros, se volcaban en el centro de aquella ancha boca de volcán artificial. Estábamos avisados del peligro del lugar, donde se había producido más de algún accidente mortal.  A pesar de ello más de uno había querido echar un paseo en aquel funicular horizontal. Supongo que algunos de los mayores, con mejor sentido, lo llegó a evitar. Abajo humeaban  los hornos Nos deslizábamos  en cuclillas por las pendientes resbaladizas y volvíamos a casa con las ropas sucias y desgarradas. Una grandullona alelada se presentó una vez con un  gran paraguas negro que pretendía le sirviera de paracaídas.  
Tras  un día invernal que había llovido mucho, por la tarde salió el sol. La tierra exhalaba un vaho perfumado.  Era la hora de la merienda y los niños corrían a sus casas acuciados por el hambre o llamados por sus madres que tenían que arrancarlos del juego. Los más aventajados volvían luciendo bocadillos de jamón,  otros tenían que conformarse con medio bollo con aceite y azúcar o  una onza de chocolate terroso.  Por reflejos condicionados yo no sentía hambre. 
La merienda no contaba en el horario de mis comidas. Me habían dejado sola construyendo mi castillo de arena mojada con mis manos insensibles y heladas. Ya de pie daba saltitos con las manos bajo los sobacos para calentarlas. Un espléndido arco iris de  marcados colores  se extendía oblicuamente por la bóveda azul celeste, desde el lejano edificio del  Correccional hasta hundirse por detrás de las murallas del Castillo.
Sentí que aquel Arcoiris había sido dibujado exclusivamente para mí. Una felicidad  demasiado aplastante para mi pequeño cerebro de niña hiponutrida.


HISTORIA DE REYES MAGOS





Era la víspera de Reyes Magos. Papá nos había llevado a la capital para visitar bazares y ver escaparates que con profusión de luces exhibían los regalos que al día siguiente iban a hacer la ilusión tanto de niños consentidos como de padres prepotentes.
Si mis hermanos miraban algún juguete demasiado caro, papá se encargaba de desviar su atención. Tantas muñecas envueltas en papel de celofán colocadas de pie en las estanterías, hacían difícil la elección. Me ilusionaba el conjunto, una sola me parecía poca cosa.
Siendo muy pequeña me había encaprichado con una muñeca de pelo natural y traje que podía servirme. Papá intentaba convencerme de que no estaba a la venta, pero no le creí. Lloré, pateé y chillé escandalizando a los transeúntes que reían despiadadamente. Al fin salieron los dependientes y me informaron que aquello no era una muñeca, sino un maniquí. Aunque no sabía lo que era eso, me convencí de que me estaban diciendo la verdad. Pero en adelante ninguna muñeca volvería a ilusionarme.
Esta vez me conformé con una morenita como yo, como si fuese mi hija. Mi hermana eligió una rubita como ella. Mi hermano salió ganando con un camión Campsa cisterna, con un orificio a rosca en lo alto por donde se podía cargar de agua o de arena, y otro orificio de descarga por detrás cuando se inclinaba.  Aquellos fueron unos espléndidos reyes, aunque mi resignada ambición no lo reconociera por entonces.
Pasó un larguísimo año, y otra vez estábamos en víspera de Reyes, fantaseando gratuitamente con qué queríamos que nos trajesen. Y cambiando de opinión según oíamos a los amiguitos hablar del juguete en moda. Aquella noche nos acostamos con la esperanza de que a la mañana siguiente encontraríamos nuestros regalos a los pies de la cama. Mis hermanos estaban seguros. Yo me hacía menos ilusiones.
Nos despertamos muy temprano. Buscábamos incrédulos. En la casa no había muchos sitios donde pudieran estar escondidos. Convencidos de que no teníamos nada, que papá muy enfermo no los había podido comprar, nos fuimos a la calle a ver los juguetes de los otros niños. Aquellos reyes que el año anterior no me habían satisfecho, se supervaloraron en mi mente.
Éramos los únicos que no temíamos regalos.  Al débil sol blancuzco de un día frigidísimo y nubloso, admirábamos los juguetes ajenos con la mirada acobardada de un mendigo ante un escaparate. Mi hermana observaba con una infinita tristeza ancestral en sus ojos de niña pequeña, ya huérfana de madre. En cambio mi hermano, en quien apuntaban las clásicas pasiones del varón, no se conformaba. Diplomáticamente se unía a sus amiguitos compartiendo sus juguetes, hasta que el derecho natural daba el aldabonazo de alarma  en su propietario. Mientras tanto él cargaba piedrecillas y malvas arrancadas al margen de la cuneta, en una carreta de tablas tirada por dos inflexibles bueyes de cartón. Después el dueño lo echaba a un lado y tirando de una cuerda arrastraba triunfalmente su carreta ante las admiradas niñas con sus muñecas en los brazos. Sentado sobre una piedra, pensativo, mi hermano le veía alejarse. Pronto se unió a un grupo que observaba cómo un cochecito se movía en todas direcciones  hasta agotar la cuerda, esperando que también a él le permitieran enroscarla una vez.
Una vecina plañidera, secándose una lágrima con el filo del  delantal, decía en un corro de madres compadecidas de nosotros: - Y éstos ¿es que no son hijos de Dios?  - Su hija, una niña larguirucha con perennes velas de moco que le habían dejado marcados dos surcos en carne viva desde las ventanillas de la nariz hasta el corazoncito de los labios, lucía una muñeca de trapo fea y pintarrajeada, con trenzas y flequillos de lana amarilla y brazos colgantes, que yo hubiera preferido no tener.
A media mañana, con un  sol ya más atrevido, aparecía papá calle abajo. Se había hecho ya actual en él una expresión desesperanzada de infinito cansancio, que antes sólo aparecía en ocasiones, en un pliegue abatido en su bonita boca varonil. Corrimos hacia él, rodeándole. – Papá, papa, a aquella niña le han echado los Reyes una muñeca que anda, decía mi hermana. –  Y a aquel niño un tren eléctrico - señalaba mi hermano, que tendría que esperar a ser emigrante en Alemania y desquitarse con un sofisticado tren eléctrico de dos locomotoras con sus  respectivos vagones, que en direcciones contrarias se entrecruzaban infaliblemente en una interposición de vías en forma de ocho que ocupaban todo el salón; con semáforos de luces de colores encendiéndose y apagándose, y barras de paso a nivel que se elevaban o descendían ante  las dos estaciones de viajeros frente a frente, mientras dos silbatos y dos volutas de humo blanco salían de sus chimeneas al aparecer por las bocas de los túneles. Juguete con el que eufemísticamente obsequiara a su primer hijo  antes de que éste tuviera uso de razón.
Papá, ¿verdad que tú nos vas a comprar una muñeca, aunque sea chiquita, una sola para las dos? – proponía mi hermana. - Y a mí un caballo de cartón, exigía mi hermano. Aquel día nos hubiésemos conformado incluso con una de aquellas degradantes, embrutecedoras, horribles  muñequitas de barro, con dos muñones en cruz por brazos, a las que nos empeñábamos en vestir, que debían haber estado proscritas, como ahora los juguetes bélicos, ajenas a la creatividad humana que desde los albores de la civilización han hecho gala hasta los pueblos más cercanos al simio, que atestan los museos antropológicos. Afortunadamente ya desaparecidas en este país de insignes escultores que han llenado las plazas de egregios generales ecuestres, alineado paseos con bustos de hombres eminentes y sembrado parques con sensuales diosas de mármol.
Abriéndose paso entre nosotros, sin contestarnos, papá seguía andando. Mis hermanos lloriqueaban. Yo reflexionaba que ya había pasado la mañana, que al día siguiente los juguetes permanecerían arrinconados y rotos, y que jugaríamos otra vez todos juntos a correr y saltar, como a mí me gustaba. Desencantados, corrimos a gozar de nuevo de los juguetes ajenos. Papá continuó su paseo solitario. A uno y otro lado de la calle los niños se afanaban con sus juguetes. Todos menos sus hijos. Sus hijos tratábamos de aplacar aquel desagradable escozor como moscas pegadas al cristal de una pastelería. Para resarcirnos de ello, a nosotros aun nos quedaba el tiempo, a él, tan joven, ni siquiera eso.
Desde entonces yo ya no hubiera cambiado este empírico sesudo raciocinio,  que iba a servirme de directriz discriminatoria de lo efímero y lo banal el resto de de mi vida, por un juguete que ni siquiera me ilusionaba. 

29 diciembre 2011

EL DESCUBRIMIENTO DEL VIOLÍN


Se celebraba una de aquellas fiestas plebeyas de los años cuarenta, con motivo del bautizo de la recién nacida hermanita de una de mis compañeras de  la vecindad. Yo no estaba invitada, pero iría de todas formas, confiada en que como muchos otros, también podría colarme. Brillaba ya Venus, esplendoroso como en ningún otro sitio, en un cielo de anochecer color azul pavo real.

Una parra de incipientes racimos colgantes techaba irregularmente un ángulo del patio, el resto cruzado de cadenetas  y bombillas de colores. Al fondo perfumaban los jazmines. La gente se aglomeraba en el interior de la casa, donde en bandejas repartían cosas apetitosas a todo el que se acercaba. Cuando los vinos surtían su efecto entrábamos en parte también los no invitados. Yo sabía que aquello no era para mí. Iba sólo a  ver divertirse a los demás, a divertirme yo también  escuchando enardecientes pasodobles, voluptuosos valses y desgarrados tangos en moda, que expandían mi pequeño mundo tangible a otros lejanos, misteriosamente atractivos.

Me quedé sola en el patio. Sobre un tablado bajo la parra, callados descansaban los instrumentos que por un intervalo habían dejado los músicos. Uno de ellos, moreno verde uva, mentón cuadrado, esculpido como a buril, ondulada melena hasta los hombros, camisa de mangas acampanadas recogidas en los puños, y faja roja a la cintura, templaba su instrumento, que emitió un gemido agudo, tembloroso, sostenido, para continuar en una cascada de notas saltarinas, tumultuosas y desequilibradas.

Poco a poco fui acercándome. Sentada en el suelo escuchaba absorta, maravillada, aquella música fascinante, que me sumía en una temible gozosa inmensidad. En la soledad en que nos habían dejado, aquel hombre tocaba en éxtasis, sosteniendo su instrumento entre su hombro y su barbilla, deslizando sutilmente aquella varita mágica  como un pincel que trazara brochazos surrealistas en un lienzo invisible, o como un cetro creador que marcase sonoros puntos luminosos, que dilatados ascendían en el espacio para ir a cuajar en la bóveda oscura del cielo allá arriba dónde seguirían existiendo por toda la eternidad. Aquel músico tocaba como un loco, sólo para si mismo, tal vez también para mí. El movimiento incesante del arco contra las vibrantes cuerdas, rasgaban el corazón como un afilado estilete. Mi alma, desenroscada, se erguía contorsionándose como una sierpe india a sus pies.

La gente volvió a retomar el baile de arrastrados pasos. El adaptó su instrumento al pomponeante tambor, a los chasqueantes platillos y a una estridente trompeta. Yo trataba de diferenciar los inefables sones sueltos ya silenciados entre el estruendo de los demás, por alargar la desaparecida lírica emoción. Pregunté a alguien señalándoselo, cómo se llamaba aquella especie de guitarra pequeña y panzuda, que nunca antes había visto de cerca.

Cuando volvía a casa, un  poco más arriba, ya bien entrada la noche, tactada por una fresca brisa de verano, la divinizada palabra seguía  reproduciéndoseme en los oídos como una melodía. Violín…¡Qué bello! Vi-o- lííííín…       

29 noviembre 2011

::¡Piii… Chucu-chun… Traca-trac… Pííí!







Ilustracion: Antonio Florencio.





De las entrañas tenebrosas de la tierra, por el oscuro bocanal del túnel, ojo de Polifemo agujereado en la frente del montículo, salía el tren silbando, renqueando, chispeando, humeando, dejando atrás volutas de humo gris-negruzco que desenrollándose como las circunvoluciones de un dragón chino iban ascendiendo en espiral. Brazos de remeros de titanes apocalípticos, las bielas chirriantes impulsaban las ruedas de hierro de un buque fantasma sobre los rieles reverberantes al sol, por un camino que iba a parar no sé dónde sobre el puente perpendicular a otro puente que hundía sus pilares ennegrecidos en las aguas cenagosas del río. No me explicaba cómo la gente abajo seguía tan tranquila, como si no ocurriese nada. Yo estaba segura de que aquel monstruo amenazante caería irremediablemente desde aquella altura produciendo una catástrofe universal, como estaba segura de que todos los pueblos tenían castillo, puente, río, túnel y tren.

Poco después de aquella visión apocalíptica yo misma iba a ser usuaria frecuente de aquel tren. Una noche de vuelta de la feria de Sevilla, donde me habían comprado una escobita en un puesto extendido en el suelo alumbrado con humeantes lámparas de carburo. Muy contenta estaba yo con mi juguete y mi afán de limpieza, adelantándome a la canción de protesta “si yo tuviera una escoba cuántas cosas barrería”. La gente apiñada en el penumbroso vagón, en las curvas se aglomeraba a un lado o a otro para hacer balance, porque el tren, sobrecargado, iba a descarrilar.

Los fines de semana nos íbamos a Sevilla con la familia. La estación estaba muy lejos de nuestra casa en la alta carretera Bailén. Salíamos por la mañana temprano. Yo andaba deprisa, hundida la barbilla en el pecho, protegiéndome las manos desnudas bajo los sobacos. Los asientos de tabla estaban muy fríos, los cristales empañados de las ventanillas apenas nos dejaban ver los campos cubiertos por un manto de escarcha blanquecina. Inviernos crudísimos de la España de posguerra que tuvieron en mi mente la misma estampa de las descripciones de Siberia de Dostoievski, primeras obras completas que leí en mi adolescencia.

Muy distintas eran las primaveras y veranos cuando papá nos llevaba al parque. Algunas veces estaban las azudas corriendo como pequeñas cataratas (yo entonces decía “las súas”)y teníamos que atravesar el río en lancha. Las aguas espumeantes me producían un pánico de mar embravecido, como si unas simas bajo los molinos harineros nos fueran a tragar. Chillando aterrorizada me escapé a tierra firme, donde papá me atrapó poniéndome bajo su brazo pateando como una muñeca descoyuntada. Por las noches soñaba con el estruendo del agua chocando contra las compuertas de contención.

Una vez se incendió un infiernillo de laboratorio en la farmacia de la calla La Mina, que sacaron a la calle. Las llamas llegaban muy altas y la gente las rodeaban fascinadas, como indios americanos en una danza ritual. Yo enfermé de espanto, descubriendo lo que luego definiría como una acentuada piro fobia, maliciándome que tal vez, en alguna vida anterior había sido quemada en un auto de fe por la Inquisición.

La gente se sentaba al fresco en las aceras las noches de verano. A mí me hacían bailar . Yo bailaba con la extraña condición de que tenían que encenderme una candela de las que se hacían en las calles. Tal vez las noches de San Juan. Veía las rojas llamas, y allá corría yo fascinad, dejando de bailar y olvidando todas las promesas, hechizada por a magia ancestral  del fuego. Para mi alma de niña fue una tremenda decepción no conseguir el pago que pedía por mi baile, como el país encantado y brillante que soñaba entonces y que poco a poco fue diluyéndose en la realidad. 







18 noviembre 2011

LOS OTROS

Mi hermano era el único varón de  la familia. Mis tías le cuidaban unos  tirabuzones  rubios a lo Shirley Temple, mientras que a mi hermana y a mi nos peinaban una melenita corta con una raya en medio  y una hilera de flequillos sobre la frente. A mí, como a mis tías, me gustaban aquellos tirabuzones de mi hermano. Un día papá lo trajo a casa completamente rapado, ocasionando los reproches de sus hermanas. Papá les aseveró que no debía parecer una niña.

Con su pelo cortado y un mono azul de mecánico, un  día papá se lo llevó al garaje donde repasaban el camión que al día siguiente les serviría para el transporte. Y yo que no había sentido celos de sus tirabuzones rubios ni de su mono azul de mecánico de juguete, lo sentí de su superioridad varonil y del orgullo de papá por él.

Anteriormente la agraciada había sido yo. Me había llevado a la cochera. Papá me enseñó el “gato”. Pensé muy seriamente por qué se llamaba gato a aquella cosa de hierro que en nada se le parecía. Observé muy atentamente la faena de colocarlo bajo el esqueleto de una rueda y manipularlo con facilidad. Me gustaba el frescor húmedo del garaje, los sacos extendidos por el suelo, las pesadas herramientas bajo el camión donde tendido trabajaba el compañero de papá, las manchas de grasa en el suelo y las paredes, el olor a gasolina, y todo aquel trajín de la mecánica. Papá me  mandaba a hacer algo, yo me sentía importante y procuraba mancharme las manos de grasa. Aquel día fui muy feliz.

Ahora intentaban convencerme de que aquello no era cosas de niñas. Yo ya había estado una vez. Ahora le tocaba a mi hermano, Lo comprendía, pero pateaba y chillaba procurando ahogar la razón. Quería sólo ser feliz como lo había sido en aquella ocasión. Esta fue la única vez que la lógica  no me con venció, dejándome arrebatar  por el ímpetu de un deseo. A pesar de mis protestas de fierecilla salvaje me dejaron en casa. Mientras papá salía llevando a mi hermano de la manita, mamá trataba de convencerme, pero viendo la imposibilidad me dejó abandonada a mí misma. Lloré con frenesí de locura, luego me dormí. Desperté en el zaguán, boca abajo, estirados y abiertos los brazos y las piernas en forma de equis. “Esas no son cosas de niñas” me causaba complejo de inferioridad. Me enrabiaba la realidad de que por ser niña siempre habría de estar en segundo plano. Me aburría la vulgaridad monótona de la casa, mientras los hombres, fuera de ella, se dedicaban a cosas importantísimas ignoradas por nosotras.

En la subconsciencia de un sueño, una noche,  con esa claridad sorprendente de la que sólo disponemos contadas veces en la vida, intuí el origen de ella. Un confuso rumor me llagaba desde la habitación contigua, dormitorio de mis padres. En adelante ya no me servirían los romances de canastillas de flores y atados de cigüeñas, que corrían de labios de madres a hijos fingidamente crédulos.

Trataba de ayudar a mamá en los trabajos de la casa. Con un delantalito blanco, barría con mi escobita pequeña que me habían comprado una noche en una aglomeración de gente y humeantes hachones sobre puestos de baratijas extendidas en el suelo. Ponía sumo cuidado en que todo apareciese pulcro y bonito en aquel comedor de recién casados, con su modesto chinero de cristales verdes rizados a los que el sol que lo inundaba desde el ventanal arrancaba mágicos destellos. Estiraba los cojines en las mecedoras, sesgando como en vuelo los pájaros  estampados en la cretona.

Estuve unos días con fiebre, seguramente el sarampión. Desperté al atardecer. Me encontraba mejor, aunque con ese malestar posfebril  enfermizo y egoísta, de quien ha sufrido físicamente. Enfadada por el abandono en que me habían dejado, me levanté descalza y arrimé una silla al ventanal. Mamá estaba en la acera de enfrente charlando con unas vecinas. Vestido de negro su cuerpo joven y atractivo, su pelo castaño  brilloso y abundante, recogido hacia la nuca en un cruzadillo de trenzas, sus ojos oscuros color café  resaltando en su límpida piel, sus labios, bien moldeados  ligeramente enrojecidos con un carmín líquido que usaba a ocultas de papá. Me descubrieron asomada al ventanal. No dije nada, pero mamá adivinó mi silenciado reproche. Ella se pintaba y se iba a charlar con las vecinas, mientras su hijita enferma se quedaba sola. Subió a verme y también algunas vecinas.

El tiempo me parecía muy largo a los seis años. Me impacientaba un vehemente deseo de que pasara pronto.  Detestaba decir tengo “seisaños”. No me gustaba el seseo pedante de la ese con la a.



05 noviembre 2011

PROSCENIO

Me distraía con los rayos de luz de las bombillas eléctricas alargados a través de su cristal, escuchando atentamente mis propios sollozos, o siguiendo el revoloteo de alguna mosca, que luego se posaba en cualquier sitio al alcance de mis dedos que intentaban atraparla, consiguiendo sólo espantarla hacia otro lugar.

Cuando despertaba, en la habitación semioscura entraba un rayo luminoso del sol de media mañana. Oía el ruido característico de la aserraduria de maderas de nuestros vecinos y el restregar de las ropas que mamá lavaba canturreando. Andaba sosteniéndome al barandal  de la cuna con un pico húmedo entra las piernas. Lloriqueaba y mamá aparecía secándose las manos en un pico del delantal. Me cambiaba, me mecía, con un trapo echaba las moscas, que iban saliendo por la rendija de la puerta, y salía creyéndome dormida. Volvía a dormirme escuchando el aserrar de la madera y el cantar de mamá: Manojito de claveles, capullito florecido…

Me sentaban en una mecedorita de pies curvados que con mi leve impulso hacia mecer. De brazo a brazo un semicírculo me cerraba por delante. Los pies desnudos, las piernecitas al aire, sin consistencia todavía. Jugaba con un trozo de pan mojado por el chupeteo y las babas. Mis prematuras impresiones eran tan clarividentes que empezaba a sentir por ello cierta superioridad, como si los demás no viesen tanto como yo. Me reían las frases de niña vivaz que yo achacaba a viveza de ratón.

Mamá vestía a la nueva hermanita, gorda y rosada. Anudaba a su cuello el lazo del gorrito de seda bordada, que luego me serviría para jugar. Con gran sigilo la llevamos a una casa que servía de iglesia, quemada poco antes. Un salón alto y oscuro que las chisporroteantes llamas de algunas velas no alcanzaban a alumbrar. Sentada en el extremo de uno de aquellos bancos de madera, duros y altos, me colgaban las piernas. Me asustaban el silencio y la oscuridad. Luego aparecieron unos hombres vestidos de negro hasta el suelo, con grandes blusones de encajes blancos.
Estuve alborozada con la fiesta después, exenta de desilusiones que equilibraran mi arrolladora alegría. A los muchachos  jóvenes  sentados a caballo, los respaldos hacia delante, en las sillas del zaguán se les repartían vinos y dulces. Reían y bromeaban, y yo, coquetuela de cuatro años iba de brazo en brazo ebria de felicidad.

Mamá trabajaba en la panadería cercana. Salía al anochecer dejándonos dormidos. A mi hermano lo acostaban a los pies, la hermanita y yo en la cabecera de la misma cama, a la que para que no nos cayésemos le habían añadido unas barandillas con pestillos. La pequeñita padecía  trastornos intestinales. Yo lloraba cuando me sentía desagradablemente sucia y maloliente. Un día, después de ponerme a salvo en todas las posturas que permitía la concurrida cama, acurrucada en la almohada huyendo de la masa cálida y blanda que me horrorizaba, chillaba desesperadamente. Mi hermano y la nena, asustados lloraban también. Los vecinos, alarmados, se agrupaban tras la puerta cerrada, haciéndome preguntas a las que yo contestaba con enfado, mal explicando lo que nos ocurría. Cuando llegó mamá la miré con reproche. Ya no me parecía una redención que me sacasen de la cama. Tanto había sufrido por ello, que me pareció una recompensa mezquina.

Uno de aquellos anocheceres solitarios  me entretuve en pensar. A la vez que lo veía representado gráficamente en mi mente, formulé lo que quizás fuera mi primera sentencia filosófica: “La vida es como una puerta que se va abriendo, abriendo.” Por aquella abertura me asomaba a la vida con una mirada bisoña de niña. Un lugar lleno de cosas que no sabia denominar, pero que un día estaría totalmente abierta y me permitiría ver con mayor facilidad. Sonreí con mi propia madurez. Salí de aquel pensamiento bruscamente, como echada, dejando para más tarde el estudio de la clave que reprensaba. Siempre he sentido pereza por meterme en estos oscuros y estrechos pasillos sicológicos, y el pensamiento siguió por mucho tiempo en toda su inexplorada virginidad.