01 julio 2013

MI BAJADA A LOS INFIERNOS



Hay vocablos que al caer en desuso denotan un nuevo status social, como las lendreras y los sabañones, que a mí también me mordieron como una manada de canes furiosos, ya desde el primer invierno que pasé en aquel sombrío y profundo cubo, palacio donado por los Duques de Alba para casa matriz de las beneméritas Hermanas de la Cruz.

Desde noviembre hasta mayo los dedos de mis pies se pintaban de diminutos puntitos rojos que iban hinchándose con el transcurso de los meses de frío. Por las mañanas tenía los pies insensibles y helados, pero en el recreo de medio día, mi sangre joven recalentada corría por mis venas como un potro desatado, causándome una auténtica locura de picores que trataba de soportar pacientemente, hasta que llegaba al paroxismo y ya no podía contenerme, rascando mis pies contra el duro esparto de la estera de la sala de labores, y corría al oratorio a pedirle a Dios que remediase aquel mal infernal.  Nunca mis fervientes súplicas consiguieron aliviar mis ardientes picores.

Aquel tormento no cesaba ni durante las escasas horas de sueño. Recalentados mis pies bajo las mantas, los rascones convulsionaban mi cama  de hierro. Era bueno sufrir, leía en los estoicos, pero yo quería morir. Cada vez lo procuraba más mi pobre paciencia. Inventaba remedios que me hubieran sido prohibidos. Me escapaba de mis compañeras y subía a la azotea. Sacaba agua escarchada de una tina y metía los pies hasta que se calmaba aquel ardor de mil insectos embravecidos. Otras veces cogía agua hirviendo de un caldero, y todos mis nervios de resentían del achicharramiento.

La delicada piel iba cediendo y mis dedos agujereados mostraban una carne purulenta y machucha. El pus se pegaba a la media de algodón y a la babucha de paño, que a la noche tenía que arrancar de un tirón. Una noche me faltó el valor. Mis compañeras, compadecidas, rodeaban mi cama. Yo gritaba horrorizada viendo acercarse una mano atrevidamente caritativa. Como no había forma de arrancar la media sin traerse adherido un trozo  de carne enferma, propuse ablandarla con agua. Una  de ellas me subió a cabrito, las otras nos seguían por el corredor hacia los lavabos, en una fantasmal cabalgata. Yo lloraba arrastrando la media como una sierpe india mordiendo mi pie.

Al día siguiente, la compañera encargada de la Enfermería, derramó sobre la llaga un chorreón de yodo puro. Durante unas horas no fui consciente más que de ser toda un ascua incandescente. Aquello fue mi bajada física a los infiernos. Días después estaba totalmente curada, quedando sólo un leve pellejito chamuscado.

Ojalá que todas las pandemias que cíclicamente sufre la Humanidad, gracias a los adelantos imparables de la Ciencia, lleguen a desaparecer, como mis sabañones.   

08 junio 2012

LA LECTORA



Al volver del paseo al parque con papá los domingos, nos sentábamos a merendar refrescos y pastelillos en la confitería La Gloria, frente al Casino. Allí, sentada en sus rodillas, le leía el periódico al industrial Matías Casado. Como él no tenía hijos, siempre quiso prohijarme, lo que papá no consintió. Al morir él mis tías no accedieron tampoco, respetando su voluntad, y me enviaron a un internado benéfico. Ser millonaria  me hubiera desviado de mi camino, del que no reniego en absoluto. Sólo una vez ante los escaparates del Tiffany en New York, me acometió un fuerte deseo de haber podido adquirir una joya allí, a manera de experiencia vital.
Lo mismo ocurriría con mi hermana pequeña, que se había criado frente a casa, en la farmacia de D. Manuel, al cuidado de su esposa  doña Isabel, que tampoco tenían hijos. Cuando ellos hablaron de adoptarla, mi tía, que había recogido su primer vagido mientras mamá agonizaba, puso el grito en el cielo, y las cosas vinieron a mal.
Papá murió el día de la Inmaculada. Ya todo concertado de antemano, una semana después, doña Isabel me llevó al convento del  que eran bienhechores, dónde don Manuel  tenía cinco hermanas  monjas. Allí me entregó a la superiora del internado, hermana Amalia, primera persona santa de las pocas que he conocido en mi vida.
Ya en vacaciones de navidad, las niñas se ocupaban de preparar las fiestas. Ayudé a montar el belén que ocupaba toda el ala derecha de la sala de clase. En el extremo opuesto se elevaba el escenario donde representábamos teatros y bailes, en los que participé vestida de pastorcillo con una zamarra aborregada y un cayado, en un  baile de hadas, con capirucho puntiagudo y tules, al son de El Danubio Azul. Al año siguiente, ya estudiante de solfeo pude interpretar al piano un fácil villancico.
Los campanilleros y los tunos de la cercana antigua Universidad daban serenatas alrededor del convento. Me deslumbró la solemne misa del gallo, con tres oficiantes en brillantes dalmáticas, cantada por el coro de novicias, que culminaba con el besa pies al Niño Jesús, al compás de Las cuatro estaciones que Vivaldi había compuesto cuando era preceptor en el Ospedale de la  Pietá de huérfanas pobres en su ciudad natal, Venecia. Poco después Pío XII prohibió la música profana  en la liturgia católica, y lo hacíamos con el villancico alemán, recién estrenado en España,  Noche de paz, noche de amor.
Finalizadas las fiestas se asignaban los nuevos oficios. A mí me tocó la clase de estudios. Estaba encantada de tener que cuidar libros y material escolar. A las seis de la mañana, en el gran dormitorio de las pequeñas, de grandes ventanales simétricos enrejados, pasaba la monja de turno repiqueteando la campanilla al conjuro de viva Jesús. Hacíamos las camas y nuestro arreglo personal con el agua escarchada en invierno en las palanganas individuales de loza blanca, y nos íbamos reuniendo en el oratorio del internado, antes de bajar en fila doble a la misa y comunión diaria en la capilla de la comunidad. A las ocho desayunábamos, seguidamente arreglábamos los departamentos asignados, y a las nueve comenzábamos las clases. Aunque teníamos más horas de rezos que de estudios, las monjas no consiguieron ilustrar a las niñas desaplicadas, perezosas o poco dotadas.
A media mañana nos reuníamos en el salón de labores flanqueados de largos bastidores. El silencio era obligatorio excepto en las horas de recreo después de almuerzo y cena  antes de irnos a la cama a las diez. Mientras bordábamos alguna de las mayores leía en alto. Litertura  mística y de aventuras del leonés Padre Llorente, misionero en Alaska, de Delia Agostini, especie de heroína laica de la Italia fascista, y novelas juveniles de niños aristócratas de los colegio jesuitas de Madrid,  Viena, Chicago y California, que la sabia y santa Hermana Amalia llegó a prohibir, porque aquella fantasía auditiva estaba muy lejos de nuestra realidad de niñas menesterosas. Por supuesto que allí no teníamos los cuentos de Andersen ni de los hermanos Grimm,  y Juliano el Apóstata, Voltaire, Rousseau y Nietzsche eran anatema. Claro que yo leía todo lo que podía sustraer de la biblioteca.  En la hora de la siesta en verano, al tenue rayo de luz de la celosía, que pudo ser la causa de mi minusvalía visual progresiva.
Conforme las mayores iban saliendo del internado para volver poco después al noviciado, yo iba sustituyéndolas como lectora. Bien entrenada por papá cuando leíamos sentados a la mesa de camilla, a mí me gustaba mucho más leer que bordar. Las que me habían precedido eran buenas lectoras, pero en mi tanda ninguna era mejor que yo. Cuando la monja ponía a otra, las niñas protestaban. Así me convertí en la Lectora Oficial.
De pie en el centro del refectorio, leía el Santoral del día en el Martirologio Romano. Vidas de eremitas de la Tebaida en los primeros tiempos cristianos, mártires arrojados a las fieras en el Coliseo por los emperadores Maximiliano Daciano y Diocleciano. Vírgenes que se dejaban arrancar los ojos o ser arrastradas atadas a la cola de un caballo, antes que acceder a las solicitaciones de sus torturadores  o abjurar de su fe. Espoleaban mi natural escepticismo Simón el Estilita, que había alcanzado la santidad de pie sobre una columna en la plaza pública durante 37 años. O san Luis Gonzaga, patrón de la castidad, que ya en la Italia renacentista, jamás había osado mirar a la cara a su propia madre. Sospechaba que el misticismo de santa Margarita María de Alacoque era provocado por la grandiosidad de la catedral de su ciudad natal, Paray Lemonial.
Nunca he menos valorado mi aprendizaje conventual. El devenir de la Humanidad  no puede comprenderse sin la Historia de la Iglesia, de todas ellas, hermanas gemelas de la historia de las Artes,  cada una con su peculiaridad en tiempo y espacio. El trono episcopal siempre ha estado unos escaños más arriba del trono real, e incluso del imperial. Contrariamente a los cristianos protestantes, que tanto conocimiento tienen de la Biblia, muchos católicos practicantes españoles ni siquiera han leído los Evangelios. Lo que aquí se llama educación religiosa, es sólo material de catequesis, a ser enseñado en las parroquias. La Religión, ese misterioso y diverso sentimiento que desde siempre ha venido obsesionando al hombre, sólo debía ser materia de conocimiento escolástico y autodidacta, para poder dilucidar sobre su inherente oscurantismo.

LA PRIMERA COMUNIÓN





En el colegio de las Beatas, sor Emilia me preparaba para la primera comunión. Aquellas enseñanzas me sonaban a cuentos para niños, que ni las monjas creían. Como si nos quisieran hacer comulgar con piedras de molino. El curso siguiente tuve que pasar a los Grupos Escolares Pedro Gutiérrez. Papá ya no podía pagar las tres gordas diarias que le costábamos cada uno de los tres.
Mi primera comunión no podía pasar de aquel año. Pero en casa no había dinero para pagar todos aquellos perifollos. Tendría que hacerla con el babi blanco de cada día, lavaíto y planchaíto. Para mí una tragedia mucho peor que no tener juguetes en reyes. Mi prima había hecho la suya de todo lujo un par de años antes. Le pediría prestado su traje, al que ya le habían cortado las mangas. Yo misma di la solución para que la costurera las reconstruyera con unos anillos de lazo de seda, unidos con una especie de  vainica  ancha y espaciada. Pero no podría llevar su velo de blonda, que además de enorme para mí, era una riquísima mantilla bordada, tesoro de su familia. Lo demás lo iríamos reuniendo aquí y allá, prestado también. Por fin llegó el gran día, y allí estaba yo con el lujo de mis prestadas galas.
Las monjas nos habían mencionado al niño Tarsicio, patrón de a Eucaristía. Apedreado hasta morir en la Vía Apia el año 258, cuando llevaba la comunión a los cristianos en tiempos del emperador Valentiniano. Y a san Pancracio, joven frigio catequizado y bautizado en Roma por el propio papa Marcelino, decapitado a los 19 años en la Vía Aurelia el año 305, en tiempos de Diocleciano. Muy pronto el emperador Constantino el Grande iba a acabar con esos horrores.
Pero yo no noté ninguna transmutación sobrenatural. Estaba deseando que acabase la larga ceremonia y comenzase el gran día de cielo pasado en la tierra  que anunciaban mis estampas recordatorias. Visitamos a los parientes más cercanos, que depositaban unas monedas en mi limosnera, una bolsita bordada de perlas, que colgaba de mi  cíngulo en la cintura. En Sevilla nos encontrarnos con papá que había pedido medio día libre en su trabajo, y nos fuimos a comer una gran comida en un pequeño restaurante.
Ya cansada de visitas y de helados en aquella tarde calurosa de un 17 de junio, aun quedaba la tradicional foto de estudio para conmemorar la fecha, y poder liberarme de aquel molesto disfraz. Ya bastante deslucida, me colocaron de pie bajo un cielo flotante de regordetes angelitos  de Murillo. El traje descolgado en mi cuerpo menudito, recogido con un cíngulo doble, como de franciscano pobre, terminado en borlas despeluchadas sobre los zapatitos de pulsera de recia lona blanqueada con albayalde.
El velo de tul liso me cuelga desgalichado, sujeto por una diadema de rositas blancas artificiales. En la sien derecha se escapa una punta de rizo que me habían enroscado con unas tenacillas calientes la tarde anterior.. La vela larga y lisa, no rizada y decorada como la de mi prima, adornada con un ramo de flores artificiales y un gran lazo, descansa sobre el reclinatorio de terciopelo rojo, en blanco y negro, doblada por el calor. Las manos, calzadas por unos guates un poco grandes, sostienen abierto un librito de nácar. Una carita seria e inocente, exenta de la más elemental coquetería, de ojos filosóficos, desilusionados, morbosamente resignados. Mis hermanos un día le pintaron los labios para que estuviera más alegre.
Había escarmentado para toda mi vida de aquellas galas blancas como un sudario. Viviendo en Francia muchos años después, la famosísima vidente  Madame Sol, que publicaba sus horóscopos en France Soir, predijo que los Piscis nos casaríamos antes de finalizar aquel año. Yo me casé el día 31 de diciembre de aquel año, en el municipio de Martínez, San Francisco, California, cerca de donde vivía la familia de mi marido. Elegí un traje de fondo negro, estampado con orquídeas color yema de huevo, como la única orquídea natural que llevaba en la mano. La ceremonia la ofició una juez bellísima,  pelirroja y cinematográfica como una  actriz de Hollywood, en toga negra y birrete con borlón. Lo celebramos sólo en familia en Tía María, un lujoso restaurante  mexicano jardín interior. Luego nos fuimos a ver el estreno de la película Los diamantes duran para siempre.   
Mucho ha cambiado España desde mi pobre primera comunión y con la Democracia. Hoy el evento cuesta entre cien mil y un millón de las antiguas pesetas, traducidas a euros,  y las pequeñas novias comulgantes no llevan nada prestado. Es la revancha colectiva por aquellos penosos años de escasez, cuando los españoles salían como emigrantes por toda Europa. Yo entrevisté a muchos para mis columnas en Siete Fechas, Edición Europea, mientras estudiaba Lenguas Modernas en la Universidad de Zürich.  Los españoles pudieron acuñar el ya semos europes . De emigrantes pudimos pasar a ser un país acogedor, con la vocación de San Juan de Dios que nos caracteriza.  La poderosa diosa Fortuna hace mover su rueda  incesantemente. Y ahora la crisis, de la que quizás todos seamos culpables.

05 junio 2012

VENUS HÉSPERA



Tránsito de Venus por el Sol hoy.


          Que el firmamento era un doble alumbrado muy alto muy alto, fue mi primera noción empírica. Que me dijeran que aquello puntitos titilantes no eran bombillas sino mundos, me decepcionó.
Mientras jugábamos a la rueda en la placita del Carmen, en un crepúsculo descubrí a Venus, el hermoso lucero del atardecer. La Venus Matutina la descubrí mucho más tarde en mi vida. Los sabios antiguos los habían creído astros distintos, por eso los denominaron Héspera al de la tarde, Fófora el de la mañana. En cambio yo nunca tuve duda de que eran la misma estrella en distintos tiempos.
En la biblioteca del internado de las monjas,  sustraía sin permiso, que nunca hubiera obtenido, tentadores tratados de Astronomía. Así aprendí todo el planisferio celeste, afanándome en identificar aquellos garabatos en el pentagrama del cielo, sin estar nunca segura.
Las monjas me castigaban al alejamiento en uno de los apartados de la azotea. En mi impotencia y desolación de niña desvalida, me preguntaba qué eran aquellos seres que titilaban de gozo o de dolor allá arriba. Desde aquí ¿era yo también un puntito nervioso para ellos? Mi único amigo en el mundo era el hermoso astro. A la puesta de sol, mucho antes de que aparecieran sus otros compañeros, adelantando su hora par a acudir a su cita conmigo, ya estaba allí Venus. Iba viéndole encenderse en el telón violeta del cielo, suspendido en el abovedado infinito y oscuro de la noche, como un inmenso pez de plata en una inconmensurable pecera. Frente a mí, Venus resplandeciente me guiñaba compasivo su ojo de luz.
Y la paz llegaba, y hasta el gozo. Un gozo exultante y alegre por aquella ascensión al mundo grande, que no hubiera cambiado por la bisoña mentalidad de aquellas niñas de mi edad que jugaban en el fondo de aquel patio, en cuya destechada cúspide yo sufría y gozaba liberada mediante el dolor de aquella monótona vulgaridad, comprándome con él un yo eterno. Querido Venus, nunca he olvidado nuestra vieja camaradería.
“Ese ardiente horno de Venus, dice nuestro sabio Físico/Matemático, investigador en el CSIC, Director del Laboratorio de Tecnología Aeroespacial en Los Álamos, Texas, etc. Tan científico como poeta.. Al fin y al cabo la Poesía no es más que la música increada del Universo.
Ya en la pubertad empezó a significar mucho para mí la Luna. La poética Selene de la Mitología, diosa de la Feminidad, me hacía sentirme transida de emoción cada vez que su hoja de alfaca desgarra el azul en su aparición de cuarto creciente. O cuando desmayada se hunde dorada en el horizonte.
Sin embargo, la más impactante experiencia entre mis exiguos conocimientos  astronómicos, fue la visión de Saturno en el telescopio gigante del Observatorio Astronómico de Los Ángeles. A finales de 1988 estaba en su fase más cercana  la Tierra. Tuvimos que esperar en una nutrida cola, y apenas nos dejaban observar un minuto.
La impresión fue aterradora. Enmarcado en el ojo del telescopio, su curvatura rozaba el cuarto superior izquierdo. Un brazo de los anillos del titán, era visible en el cuarto inferior. Una masa inconmensurable de lo que parecía hielo pulverizado o algodón compacto de fibras brillantes. Compuesto de helio e hidrógeno, según Pérez Mercader.
Sentí un gran pavor. La palabra pagana dios cruzó por mi mente. Mis anteriores impresiones terrestres quedaron disminuidas., incluido mi místico idilio con Venos. La vista panorámica de la Bahía de Río de Janeiro desde el Pan de Azúcar, sobrevolar las cumbres de la Blanca Nieves de los Andes, Quito, las cataratas de Iguazú entre Brasil y Argentina, las pirámides centroamericanas, etc.    


03 junio 2012

A e i u o borriquito como yo





LLevaba el chupe en la boca la primera vez que me dejaron en una especie de guardería a cargo de doña Manola, con  gafas redondas de finos aros de caré, falda hasta los pies calzados con botines negros, corpiño encorsetado, golilla de encajes y mangas de jamón. Sentada en su falda me enseñaba las vocales en una tabla de cartón. La primera letra que aprendí fue la O.

Luego fui a una miga en la calle San Sebastián, a donde cada uno llevábamos nuestra sillita Sevilla de asiento de aneas y palillos de madera en colores vede rojo amarillo y azul. Allí cantábamos los días de la semana, los meses y las estaciones del año, y aprendí mi primera canción.

Felisa va en un coche
Viva el amor  
a ver a su papá                                           
Viva la rosa en el rosal                                                          

Qué lindo pelo lleva     
Viva el amor
Quién se lo peinará
Viva la rosa en el rosal.

Se lo peina su madre
Viva el amor
Con peine de cristal
Viva la rosa en el rosal.

Felisa ya se ha muerto
Viva el amor
La llevan a enterrar
Viva la rosa en el rosal.

La caja era de plata
Viva el amor
Con tapa de cristal
Viva la rosa en el rosal
                                                                         ********

Pero a quien Felisa iba a ver, viva el amor, era a su amante, me aclaró ya adulta yo, otra versión que escuché en la radio. Yo llamaba a aquella escuela la miga de Doña Felisa. En el colegio de doña Mercedes, regentado por dos hermanas casi gemelas, leíamos La estrella del mar y cantábamos Con flores a María y Viva Cristo Rey. Aquí sufrí la primera agresión machista de parte de un compañero que siempre que tenía ocasión me aterrorizaba mostrándome en un libro el esqueleto  de un dinosaurio.   
                           
Al año siguiente nos matricularon en  el colegio de las Beatas, donde pagábamos tres gordas cada uno por ir a las clases de abajo. Íbamos todos juntos, mis primas con capas azules, nosotros con babi blanco. Al llegar al colegio nos dividíamos. Mis primas entraban por la puerta principal para ir a las clases de arriba. Nosotros por el portón lateral de la callejuela Cristóbal de Monroy.
Durante los recreos nos pegábamos a la reja que separaba los dos patios, el nuestro baldío, el otro con macetones, arriates y un pequeño estanque de peces de colores a los que me entretenía en observar, ya que mis primas nunca aparecían por allí.

Sor Emilia, siempre acatarrada en su clase grande y sombría, nos enseñaba a contar unidades decenas y centenas en un ábaco con bolas de colores, y la Historia Sagrada en un librote apoyado en unos soportes que permitían ir pasando las páginas apaisadas de bellísimas estampas en color con guardillas doradas. El Dios Creador entre nubes. Adán y Eva con las hojas de parra y las manos sobre el sexo. La insidiosa serpiente en medio, el Arca de Noé en lo alto del monte Ararat, el paso del Mar Rojo con los carros y caballos del Faraón patas arriba, Moisés bajando del monte Sinaí con las Tablas de la Ley. Aquel libro tenía que ser una joya bibliográfica.

El curso siguiente pasé a la clase de Sor Pilar. Una mañana me dieron en casa un papelito doblado para entregárselo. Cuando ya estábamos todas sentadas haciendo nuestras tareas, Sor Pilar me llamó a su estrado. Las niñas callaron para oír mi pecado. Durante unos minutos tenían que corear meona meona. Luego me dio una palmadita en el culo y me mandó a mi sitio.  Bajé de aquel alto presbiterio como de un patíbulo. Permanecí toda la mañana con la cabeza agachada y las manos inmóviles sobre mi cuaderno de hacer palotes. Al llegar a casa no comí, y no volví más a aquel colegio donde mis desalmadas compañeras me habían llamado meona.

Influida por una conocida que iba a la Escuela Nacional, me matriculé en los Grupos Viejos, “a donde iban todas las pobretonas y maleducadas de Alcalá”. Resignada a mezclarme con aquella miseria, allá me fui una mañana espléndida de azul.  Pero aquello era muy distinto de lo que me habían contado.
Al armonioso edificio de los Grupos Escolares, con torretas gemelas, para niños y para niñas, se accedía por unos jardines escalonados entre altas palmeras. Las clases eran mucho más amplias y alegres  que las de las monjas para niñas no pudientes. Por los grandes ventanales enrejados, el sol daba a las paredes encaladas una gran esplendidez. Cuatro hileras de  doble pupitre de madera color avellana  dejaban suficiente espacio entre sí. El enorme patio de recreo, de dorado albero, estaba flanqueado de umbrosos árboles  de los que comíamos moras.

Me asignaron a la clase cuarta, entre niñas mayores  que yo. La señorita María del Carmen, joven y rubia, exudaba pedagogía de Escuela Normal. Aprendíamos la Historia de España, geografía peninsular, dibujo y matemática elemental. Yo leía muy bien, pero escribir no se me daba. Escribía muy torcido por renglones muy derecho, escapándome arriba y debajo de las líneas como la aguja de un sismógrafo. Quebraba las puntas de las plumillas oxidadas  y ensuciaba de grumos de tinta los cuadernos, en los que iba dejando las huellas dactilares de mis manchados dedos. La señorita María del Carmen me ayudaba a intercalar las eles y las eres en las sílabas triples, con las que tenía dificultad.

Un día en que el dictado me estaba saliendo algo mejor, la señorita llamó a mis compañeras para que lo admirasen. De pronto, una grandullona con cara de caníbal gritó ¡un piojo! señalando sobre mi hombro. Las  niñas retrocedieron espantadas., la señorita palideció. Muy seria, conminó a la de vista de lince  que cogiera al indeseado animalito y lo matase. Se resistió, pero al final tuvo que hacerlo, destripándolo con sospechosa pericia entre las uñas de sus dos pulgares. Al salir de clase se vengó de la humillando dándome  empellones y cachetadas.

En casa no dije nada. Me encerré y me pasé la lendrera sobre el palanganero, campo de batalla de aquel ejército caído. ¡Cuántos piojos tenía! Lo que la gente decía estar encastada o tener la piojera abierta, aunque eso sólo le pasaba a los muertos.  Algunos tenían que ser piojas, diosas de la fertilidad, por el abultamiento del abdomen, promesa de tan abundante proliferación.

Ya no me quedaban más colegios a donde continuar huyendo de mí misma, de mis merecidos tirulos de meona pobretona y piojosa, únicos que había sido capaz de conseguir. Pero la vida me tenía ya preparada una gran jugada en su tablero de ajedrez. No tuve que volver a aquel colegio  de mis piojos.         

02 junio 2012

EL ARCO IRIS








Los niños que vivíamos en la carretera Bailén nos reuníamos a jugar en la zona entonces privilegiada de Calderón Ponce, a donde venía a veranear gente acomodada de Sevilla. Calderón Ponce era un florido pensil. Ahora es un caos urbanístico 
desarmonioso sin cohesión planificadora de construcción.
El cerro en primavera se poblaba de lujuriosas amapolas y recias margaritas, y estaba rodeado de chalés cuyos porches se techaban de graciosas rositas de pitiminí. Los jardines interiores se sombreaban con copudos árboles colgantes de lilas. Robábamos las abundantes flores que se escapaban por los enrejados, para hacer un altar.
Aquellos que llamábamos niños ricos  se unían a nosotros formando una alegre bandada  sin divisiones sociales. Pasados los años más de alguna de aquellas niñas se casó con alguno de aquellos muchachos  que ya habían terminado sus carreras universitarias. 
Allí lanzábamos al aire cometas o panderos multicolores que elevándose en el cielo a veces se nos escapaban como Ícaros derrotados por el sol. Muchos los construíamos nosotros mismos sobre  un armazón de rajas de cañas  y papel de seda de colores  pegados con una  masa de harina y agua. 
Más abajo estaba la Calera, una depresión de tierra amarilla cortada  en cresta hacia las vías del tren. De parte a parte cruzaban las vagonetas cargadas de albero, que por arte de magia para nosotros, se volcaban en el centro de aquella ancha boca de volcán artificial. Estábamos avisados del peligro del lugar, donde se había producido más de algún accidente mortal.  A pesar de ello más de uno había querido echar un paseo en aquel funicular horizontal. Supongo que algunos de los mayores, con mejor sentido, lo llegó a evitar. Abajo humeaban  los hornos Nos deslizábamos  en cuclillas por las pendientes resbaladizas y volvíamos a casa con las ropas sucias y desgarradas. Una grandullona alelada se presentó una vez con un  gran paraguas negro que pretendía le sirviera de paracaídas.  
Tras  un día invernal que había llovido mucho, por la tarde salió el sol. La tierra exhalaba un vaho perfumado.  Era la hora de la merienda y los niños corrían a sus casas acuciados por el hambre o llamados por sus madres que tenían que arrancarlos del juego. Los más aventajados volvían luciendo bocadillos de jamón,  otros tenían que conformarse con medio bollo con aceite y azúcar o  una onza de chocolate terroso.  Por reflejos condicionados yo no sentía hambre. 
La merienda no contaba en el horario de mis comidas. Me habían dejado sola construyendo mi castillo de arena mojada con mis manos insensibles y heladas. Ya de pie daba saltitos con las manos bajo los sobacos para calentarlas. Un espléndido arco iris de  marcados colores  se extendía oblicuamente por la bóveda azul celeste, desde el lejano edificio del  Correccional hasta hundirse por detrás de las murallas del Castillo.
Sentí que aquel Arcoiris había sido dibujado exclusivamente para mí. Una felicidad  demasiado aplastante para mi pequeño cerebro de niña hiponutrida.


HISTORIA DE REYES MAGOS





Era la víspera de Reyes Magos. Papá nos había llevado a la capital para visitar bazares y ver escaparates que con profusión de luces exhibían los regalos que al día siguiente iban a hacer la ilusión tanto de niños consentidos como de padres prepotentes.
Si mis hermanos miraban algún juguete demasiado caro, papá se encargaba de desviar su atención. Tantas muñecas envueltas en papel de celofán colocadas de pie en las estanterías, hacían difícil la elección. Me ilusionaba el conjunto, una sola me parecía poca cosa.
Siendo muy pequeña me había encaprichado con una muñeca de pelo natural y traje que podía servirme. Papá intentaba convencerme de que no estaba a la venta, pero no le creí. Lloré, pateé y chillé escandalizando a los transeúntes que reían despiadadamente. Al fin salieron los dependientes y me informaron que aquello no era una muñeca, sino un maniquí. Aunque no sabía lo que era eso, me convencí de que me estaban diciendo la verdad. Pero en adelante ninguna muñeca volvería a ilusionarme.
Esta vez me conformé con una morenita como yo, como si fuese mi hija. Mi hermana eligió una rubita como ella. Mi hermano salió ganando con un camión Campsa cisterna, con un orificio a rosca en lo alto por donde se podía cargar de agua o de arena, y otro orificio de descarga por detrás cuando se inclinaba.  Aquellos fueron unos espléndidos reyes, aunque mi resignada ambición no lo reconociera por entonces.
Pasó un larguísimo año, y otra vez estábamos en víspera de Reyes, fantaseando gratuitamente con qué queríamos que nos trajesen. Y cambiando de opinión según oíamos a los amiguitos hablar del juguete en moda. Aquella noche nos acostamos con la esperanza de que a la mañana siguiente encontraríamos nuestros regalos a los pies de la cama. Mis hermanos estaban seguros. Yo me hacía menos ilusiones.
Nos despertamos muy temprano. Buscábamos incrédulos. En la casa no había muchos sitios donde pudieran estar escondidos. Convencidos de que no teníamos nada, que papá muy enfermo no los había podido comprar, nos fuimos a la calle a ver los juguetes de los otros niños. Aquellos reyes que el año anterior no me habían satisfecho, se supervaloraron en mi mente.
Éramos los únicos que no temíamos regalos.  Al débil sol blancuzco de un día frigidísimo y nubloso, admirábamos los juguetes ajenos con la mirada acobardada de un mendigo ante un escaparate. Mi hermana observaba con una infinita tristeza ancestral en sus ojos de niña pequeña, ya huérfana de madre. En cambio mi hermano, en quien apuntaban las clásicas pasiones del varón, no se conformaba. Diplomáticamente se unía a sus amiguitos compartiendo sus juguetes, hasta que el derecho natural daba el aldabonazo de alarma  en su propietario. Mientras tanto él cargaba piedrecillas y malvas arrancadas al margen de la cuneta, en una carreta de tablas tirada por dos inflexibles bueyes de cartón. Después el dueño lo echaba a un lado y tirando de una cuerda arrastraba triunfalmente su carreta ante las admiradas niñas con sus muñecas en los brazos. Sentado sobre una piedra, pensativo, mi hermano le veía alejarse. Pronto se unió a un grupo que observaba cómo un cochecito se movía en todas direcciones  hasta agotar la cuerda, esperando que también a él le permitieran enroscarla una vez.
Una vecina plañidera, secándose una lágrima con el filo del  delantal, decía en un corro de madres compadecidas de nosotros: - Y éstos ¿es que no son hijos de Dios?  - Su hija, una niña larguirucha con perennes velas de moco que le habían dejado marcados dos surcos en carne viva desde las ventanillas de la nariz hasta el corazoncito de los labios, lucía una muñeca de trapo fea y pintarrajeada, con trenzas y flequillos de lana amarilla y brazos colgantes, que yo hubiera preferido no tener.
A media mañana, con un  sol ya más atrevido, aparecía papá calle abajo. Se había hecho ya actual en él una expresión desesperanzada de infinito cansancio, que antes sólo aparecía en ocasiones, en un pliegue abatido en su bonita boca varonil. Corrimos hacia él, rodeándole. – Papá, papa, a aquella niña le han echado los Reyes una muñeca que anda, decía mi hermana. –  Y a aquel niño un tren eléctrico - señalaba mi hermano, que tendría que esperar a ser emigrante en Alemania y desquitarse con un sofisticado tren eléctrico de dos locomotoras con sus  respectivos vagones, que en direcciones contrarias se entrecruzaban infaliblemente en una interposición de vías en forma de ocho que ocupaban todo el salón; con semáforos de luces de colores encendiéndose y apagándose, y barras de paso a nivel que se elevaban o descendían ante  las dos estaciones de viajeros frente a frente, mientras dos silbatos y dos volutas de humo blanco salían de sus chimeneas al aparecer por las bocas de los túneles. Juguete con el que eufemísticamente obsequiara a su primer hijo  antes de que éste tuviera uso de razón.
Papá, ¿verdad que tú nos vas a comprar una muñeca, aunque sea chiquita, una sola para las dos? – proponía mi hermana. - Y a mí un caballo de cartón, exigía mi hermano. Aquel día nos hubiésemos conformado incluso con una de aquellas degradantes, embrutecedoras, horribles  muñequitas de barro, con dos muñones en cruz por brazos, a las que nos empeñábamos en vestir, que debían haber estado proscritas, como ahora los juguetes bélicos, ajenas a la creatividad humana que desde los albores de la civilización han hecho gala hasta los pueblos más cercanos al simio, que atestan los museos antropológicos. Afortunadamente ya desaparecidas en este país de insignes escultores que han llenado las plazas de egregios generales ecuestres, alineado paseos con bustos de hombres eminentes y sembrado parques con sensuales diosas de mármol.
Abriéndose paso entre nosotros, sin contestarnos, papá seguía andando. Mis hermanos lloriqueaban. Yo reflexionaba que ya había pasado la mañana, que al día siguiente los juguetes permanecerían arrinconados y rotos, y que jugaríamos otra vez todos juntos a correr y saltar, como a mí me gustaba. Desencantados, corrimos a gozar de nuevo de los juguetes ajenos. Papá continuó su paseo solitario. A uno y otro lado de la calle los niños se afanaban con sus juguetes. Todos menos sus hijos. Sus hijos tratábamos de aplacar aquel desagradable escozor como moscas pegadas al cristal de una pastelería. Para resarcirnos de ello, a nosotros aun nos quedaba el tiempo, a él, tan joven, ni siquiera eso.
Desde entonces yo ya no hubiera cambiado este empírico sesudo raciocinio,  que iba a servirme de directriz discriminatoria de lo efímero y lo banal el resto de de mi vida, por un juguete que ni siquiera me ilusionaba.